Autor: Maestro Andreas

miércoles, 13 de abril de 2011

Capítulo XXX

Pasada la media tarde la noticia de la liberación de Guzmán era conocida en toda la corte y el propio rey se interesó por el estado del muchacho y quiso saber los detalles del asunto. Así que Don Froilán, nada más regresar al alcázar, tuvo que poner al corriente al soberano y a su prima, la reina, de cuanto había visto y sabido sobre el secuestro del paje del conde.

Por supuesto, el primo de la reina no ocultó a su majestad quien estaba detrás de la detestable acción, pero Alfonso X le dijo: “Froilán, tengo al conde en gran estima, como ya sabes y no creo que sea un secreto en la corte. Pero en este momento no es posible hacer que mi justicia caiga sobre el marqués. No es todavía tiempo para ello, pero ese grave delito no quedará impune. Palabra de rey. Haz llegar a Don Nuño un mensaje para que mañana antes del mediodía esté en palacio. Quiero verlo sin demora y yo le explicaré cuales son los motivos que sujetan mi mano contra el marqués. Mi Señora la reina y yo deseamos una pronta recuperación a ese bello doncel de ojos enigmáticos y aguardamos a que esté con fuerzas suficientes para recibirlo en esta corte con su señor. Ahora, Froilán, haz lo que te mando y descansa. Ah. Un advertencia. No digáis por ahora que el responsable es el marqués. De no hacerlo lo consideraría alta traición. La seguridad de Castilla está en juego y la vida de muchos de mis súbditos también. La reina informará a su pupila de la buena noticia. Hasta mañana, Froilán”. “Majestades”, dijo Froilán retirándose de la presencia del rey.

A Doña Sol la noticia la llenó de una alegría que quiso disimular atribuyéndola sobre todo a que su prometido no sufriera daño alguno durante el rescate del paje. Pero su aya, Doña Petra, la miró con severidad puesto que más que sospechar sabía cual era la causa verdadera de tanto júbilo. Guzmán estaba a salvo y no corría peligro su vida. Volvería a verlo y se quemaría con el fuego de su mirada profunda, pero tan luminosa y ardiente cuando miraba a su señor que la joven dama deseaba ser vista de igual manera por el mancebo de su futuro esposo. Esa noche volvería a soñar con un jardín lleno de flores en el que la esperaba el joven Guzmán para abrazarla y besar sus labios pegándolos a los suyos, que le recordaban a la joven dos carnosos fresones recién cogidos de la mata. Y lo peor es que ni ella misma sabía por qué se estaba encaprichando con aquel crío de su misma edad, cuando estaba prometida a uno de los más apuestos y ricos nobles del reino.
Y esa misma noche, Guzmán no soñaba porque vivía el sueño real de dormir abrazado por su amo. Y antes de pegar los ojos, Nuño lo acarició con tanta ternura y delicadeza para no lastimarlo, que el chico se corrió sobre el estómago del conde sin tocarse la pija. Nuño sonrió y mandó a Hassam que le limpiase el semen de Guzmán con la lengua y chupase la polla del muchacho para eliminar los restos de leche. Luego, viendo los ojos brillantes de su amado, montó al otro eunuco y lo folló. Guzmán quiso besar a los dos castrados antes de dormirse, como agradecimiento a sus cuidados y el buen servicio de prestaban a su señor con la lengua, las manos y el culo. Después se quedaron dormidos los cuatro, esbozando una sonrisa en los labios, y Nuño pegó su nariz en la cabeza del mancebo para no despertarse creyendo que se lo habían robado otra vez. Su cabello lo amarraba a la realidad y aún dormido sabía que estaba con él.
El conde, nada más levantarse y cumpliendo el mandato del rey, se vistió de corte y acudió al alcázar escoltado por dos de los esclavos senegaleses. Aquellos guerreros esclavos daban verdadero miedo tan sólo con verlos tan fornidos y enormes, con la piel oscura y reluciente con el brillo del sol. Sólo vestían bombachos rojos hasta el tobillo y un chaleco corto de cuero tachonado de hierro, tocados con turbante blanco sin plumas y calzados con botas de becerro del mismo color negro que las anchas muñequeras. Rodeaba su cintura una faja amarilla de la que pendía el alfanje y una daga corta de hoja también curva, con la que degollaban silenciosamente a quien le ordenasen.

Los esclavos quedaron con los caballos en la puerta del alcázar y Nuño entró en palacio y se dirigió a la cámara real para ser recibido por el monarca, pero antes de llegar a la antecámara, un mayordomo de la reina le entregó un mensaje de la soberana. Doña Violante le decía que deseaba verlo de inmediato en sus aposentos. Y el conde cambió de intenciones y rumbo para dirigirse ahora a ver a la reina, apretando el paso para no retrasarse demasiado en ver al rey.

Don Froilán le salió al paso antes de alcanzar el pasillo de acceso a las dependencias de su prima y tras darle un fuerte abrazo le dijo: “Nuño, amigo mío, la reina quiere saber detalles sobre Guzmán. Yo no he querido repetir lo que ayer dijo el noble Aldalahá, así que tú verás hasta donde es conveniente que Doña Violante y toda la corte sepa lo que yo creo que debe mantenerse en secreto hasta el momento oportuno”.
Nuño mostró su conformidad a esa propuesta y quiso seguir su camino, pero Froilán lo detuvo y continuó su discurso: “Estuve desvelado toda la noche, dándole vueltas a una historia que me contó mi padre y es algo que debes saber, Nuño. Siempre se mantuvo en el más absoluto secreto, pero mi padre, que era muy amigo del difunto infante Don Fernando de Castilla y Suabia, el tercero de los hermanos del rey, que perdió la vida en la conquista de Sevilla siendo rey su padre todavía, conocía la existencia de un matrimonio celebrado sin permiso y conocimiento de Don Fernando III, entre este hijo, que era su preferido, y una doncella muy hermosa de pelo color azabache y ojos de almendra que vivía como una simple campesina. Pero, según contaba mi padre, que la conoció, guardaba un anillo con el sello del califa”. El conde estaba boquiabierto al escuchar todo aquello y no osó interrumpir a Froilán.

Y el primo de Doña Violante prosiguió diciendo: “Nuño, esta mujer tuvo un niño, cuyo padrino era mi padre, que lo bautizaron con un nombre cristiano, que desconozco, y también le impusieron otro nombre por la estirpe de su madre. Y, que al parecer, quedó todo eso plasmado en un pergamino que guardó la madre del crío. El infante, aunque la amaba, no vivió nunca con su mujer y sólo vio al niño mientras fue un bebe”. “Qué dices, Froilán!”, exclamó el conde. “Lo que oyes, Nuño”, respondió el otro.

Y continuó Froilán: “Luego las circunstancias y la guerra lo separaron de su amada y su hijo y, como todos saben, murió en batalla por conquistar esta ciudad. A parte del rey, ya pocos más conocen la verdadera historia de su difunto hermano. Y por lo que contó el noble almohade, la estirpe del mancebo no sólo es real por una parte sino por dos. Estaríamos ante un infante sobrino de Don Alfonso X”. “Es increíble!”, exclamó el conde.

Y Froilán añadió: “Debemos tener cuidado, puesto que por el momento nuestro Señor aún no tiene más herederos legítimos que su hermano Don Fadrique de Castilla o los sobrinos. Y uno de ellos sería Guzmán, que, de reconocerse su origen, estaría en la línea de sucesión al trono. Me temo, amigo mío, que haces pasar por paje a un príncipe de la casa de Borgoña, cuya estirpe reina en Castilla y León desde el matrimonio de Doña Urraca, hija y heredera de Alfonso VI, con Don Raimundo de Borgoña, hijo del conde palatino, que fue el conde de Galicia por concesión de su real suegro. Estimo, amigo Nuño, que debemos empezar a tratar a ese crío como su rango merece aún manteniendo el secreto de su origen. Ya barruntaba yo que con esa altivez y elegancia ese doncel no era un cualquiera!”.

El conde se quedó de piedra al oír el relato de Froilán. Guzmán era su príncipe y no sólo en su corazón. El chico descendía del mismo tronco que el rey y, además, unía en su sangre esa dinastía con la del califa. Era doblemente príncipe, entonces, pues las casas de sus padres reinaban a ambos lados del estrecho de Gibraltar. Y con esos pensamientos en la cabeza, Nuño entró en la estancia donde lo esperaba la reina.

Y en su lecho del palacio del noble Aldalahá lo esperaba su amado, su paje, escudero y esclavo, que en realidad era su príncipe de sangre real y tan azul como el añil, aunque él lo hubiese visto cubierto de sangre roja como la de todo mortal. Pero lo que primaba en la mente de Nuño es que, ante todo y sobre todo, esa criatura era exclusivamente suya para todo. Y mucho más para amarlo y gozarlo a placer besando todo su cuerpo y entrando con su verga en las entrañas del muchacho para preñarlo de pasión.
Se moría por los huesos del chiquillo y no podía remediarlo, fuese o no príncipe.

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